¡Agregame a favoritos, cada día algo nuevo! Crónicas de una piel: 1/7/07

viernes, 27 de julio de 2007

miércoles, 25 de julio de 2007

Esencia de Mujer



¿Cómo puedo conocer la esencia de la mujer?, me preguntó un buen amigo ciego, yo perplejo por la dificultad de la pregunta y por la despampanante pasión de sus palabras no supe responder, me pasé el resto de la semana ideando una manera de cómo conocer a la mujer a través de los sentidos. El nació sin vista y con una enfermedad que le disminuía la capacidad táctil, su tacto era mínimo, ¿cómo mostrarle una mujer si no podía tocarla, besarla ni verla? Lo primero que hice fue buscar la mejor perfumería del país con el fin de encontrar la aroma exacta a mujer, estuve analizando con máxima cautela unos cincuenta perfumes distintos hasta que di con el exacto, ése que se componía del sudor de una mujer mezclado con la aroma exquisita de su piel madurada, era la aroma de una mujer guardada entre los pétalos de una rosa. El perfume se llamaba red touch , el olor era emocionante, pero no bastaba solo con esto para mostrarle lo que era una mujer, necesitaba algo más, necesitaba una melodía que resumiera la nostalgia de tener a una mujer entre tus brazos, esa mezcla entre el miedo de perderla junto con la pasión desplegada por mil bestias corriendo por un páramo difuso, tenía la certeza que debía ser un tango. Una de las magias del tango es que despliega una pasión increíble, no por sus letras sino por su melodía que pareciese ser la danza y aliento agitado de una mujer. Pero este tango debía ser especial, no debía tener letras que pudieran desvirtuar la imagen que se proyectaría en su mente, el tango indicado era “Por una cabeza” de Carlos Gardel, la versión musicalizada, ese tango tiene una magia única, y es que podrías nunca haber visto una mujer en tu vida, podrías no saber de su existencia, pero con sólo escucharlo sabrías que no puede no existir ese concepto, nadie puede hacer tal melodía e impregnarla de tal pasión sin conocer el concepto, ¡a lo menos el concepto!, de mujer, hay algo ahí en esa melodía, algo que te grita y susurra al oído la existencia de un complemento. Es cuando el piano se pone grave y los violines comienzan a hablarte, es ahí, en ese preciso instante en el que podrías ser ciego o un ser de otro planeta y te harías una idea de lo que es una mujer.

Junté el perfume perfecto con la melodía exacta, lo llevé a un lugar donde tocaban tango en vivo, le pedí a la orquesta típica que tocara con toda la pasión que le fuera posible y que no parara hasta que se les cansaran las manos, ellos contestaron que siempre lo hacían así, para mí la idea era clara, debía generar en sus vísceras el pensamiento triste que se baila”, con el fin de que el cieguito lograse encontrar en ese baile imaginario, a sus manos arrimadas a la cintura de una aroma excepcional.

Pero la mujer que él imaginaba era incompleta por la simple razón que nunca ha amado a una, y simultáneamente, nunca ha perdido a la que ama, no conoce el vacío que dejan ni el universo que te dan, no conoce el sabor de sus labios ni el ardor de una caricia erótica, no sabe lo que guardan bajo esas ropas, no sabe cuales son sus miedos, ¡no sabe nada!

Fue entonces que se me ocurrió la idea de leerle un par de poemas mientras estuviese sonando aquel tango, le pagué a la mesera para que le susurrara al oído un poema, este era el poema 20 del libro de Neruda “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”. Para mi fortuna, la mesera poseía una voz suave y punzante, de esas que te erizan la piel, era la voz indicada, la mesera, por la elegancia del lugar donde nos encontrábamos, poseía un agraciado rostro y un brillo ingenuo en su mirada, tenía alrededor de unos veinticinco años, era joven, con una sexualidad escondida, un deseo reprimido de explosión sensual (no sexual), ella era la indicada para susurrar palabras de ardor.

Una vez todo listo le pedí a la mujer que se perfumara sobriamente con el perfume red touch, la idea era mezclar las sensaciones, era enamorarlo de lo que no veía, era regalarle una ilusión que lo destrozara tanto como a cualquier hombre lo destrozaría enamorarse y la luego perder aquello que ama. Yo le advertí con anterioridad que intentar conocer la esencia de una mujer llevaba un alto costo, era peligroso, era adictivo, una vez que la saboreas nunca olvidas el sabor, se queda acuñado en tus huesos, se queda en tu paladar, y a veces clava y te hace llorar, a veces te acaricia y te hace reír, a veces te muerde suavemente y te hace sangrar.

¡Un ciego invento a una mujer!, ¡cual Dios apasionado que crea para creer!, he ahí, un no vidente conmocionado, un discapacitado que quebró las prótesis de su espíritu, una manada de bestias salvajes galopando por la estepa con la furia desconsolada del gigante que casi toca la luna, ¡tan cerca estuve!, exclamaba con un dolor fructífero, ¡tan cerca!, ¡ y es que nunca comprenderé en toda mi burda existencia lo que es la esencia de una mujer!, gritó despavorido, yo le dije que no, que nunca la lograría comprender, que todo hombre muere con ese gustillo metálico en la boca, pero aun así debemos conformarnos con ser capaces de contemplarlas, que incluso eso es más valioso que comprenderla, que la furia de un océano encendido no se comprende, se admira.

Fue en este momento, cuando estábamos en plena conversación que se montó una obra sin que yo lo hubiese pedido , de repente se escuchó una voz ronca, una voz como de roble de mil años, esta gritaba ;¡¡¡Roxanne!!!, cuanta pasión y brutalidad acumulada, cuanta nostalgia y dolor en aquel tango... Se vivía entre cada suspiro el drama. Esa voz rugiente era una estampida de eróticos intensos, luego, a medida que avanzaba el tango, suavemente relucía la armonía de un violín entre cortado que brindaba elegancia, que me lanzaba a la cabeza la imagen de los muslos pálidos de una mujer sudando producto de un movimiento vacilante, cada parte de este tango era una mirada marchita por una lagrima, era una boca trastornada de sabor, eran senos amortiguando el peso bruto de un maldito, era un vientre que como cuna mecía más de un sueño, eran manos clavando las uñas de rabia y dolor, eran piernas disparadas hacia el cielo, cada parte era un atajo a la locura, y fui yo quien ahora dejó de ver.

martes, 24 de julio de 2007

A mis 19


A mis 19 años poco importan las cosas importantes, no eres ni tan sabio ni lo suficientemente idiota como para saber vivir, así que simplemente existes ,y casi a modo de ironía respiras el aire de los demás, gastas los codos en todas las mesas y calientas las sillas de un par de aulas y/o bares. Tú únicamente existes porque te viste arrojado al mundo y dijiste "qué más da, ya estoy aquí". Pero con el paso del tiempo te enteras, de una u otra manera, que alguien tienes que ser en la vida, ya que a diferencia de lo que pensabas y creías, no puedes ser un Don Nadie, eso no se vería lindo en tu biografía, así que, en efecto, ingresas, y más casi por inercia, a la universidad, y luego, una vez ahí, estudias, e inclusive te esfuerzas, sin saber realmente la razón, mas nada pierdes en hacerlo, así que lo haces. Luego de todo el dilema que significa encontrar tu “vocación” -como lo llaman los orientadores ( o más bien des-orientadores) del colegio- elijes, o en el mejor de los casos te elige tu vocación (suponiendo que tal cosa existe) y te metes a estudiar lo que sea que sientas que puede ser probablemente, y solo si, tal vez en potencia, tu vocación.
Finalmente, tal como decían los tíos arrivistas que ves no más de cuatro veces al año –excluyendo funerales por supuesto-, estudias algo “con futuro” : Ingeniero, Abogado o Médico, y casi que te crees que eso que elegiste es lo tuyo, después de todo, como decía mamá; “Quiero un buen futuro para ti”.
A mis 19 años veo ancianos de 76 años muriendo, ¡cuatro veces mi edad y listo!, “estiras la patita” y terminas en un cajón, escogido con suma cautela por tus parientes, para que “el viejo muera tranquilo”. Lo tragicómico es que el único consuelo que te queda no es otro sino la asistencia a tu última actuación. En efecto, debieses sentirte muy agradecido si llega un número gigantesco o ínfimo a tu velorio, después de todo, no puede existir punto intermedio, no cuando se vive a ras de piel, no cuando tu cadáver apesta a poesías y además fuiste, o intentaste ser, un hombre brutalmente sincero que aprendió a perdonar y perdonarse los pecados. Tengo tan solo 19 años y sé que cuando esté viviendo el último día de mi vida -el cual podría ser perfectamente hoy- quisiera morir con el consuelo de haber vivido.
Cierto es que estudiamos "algo" y luego vivimos casi toda nuestra vida haciendo ese "algo", cumpliendo con el deber que implica convertirnos en ese "algo", siguiendo las normas que rigen a ese "algo", besando, abrazando y amando como ese "algo", mas nadie nota que somos, en esencia, otra cosa, un algo que no es otra cosa sino el refelejo perfecto de nostoros mismos, un murmullo que lo omitimos, sin darnos cuenta, el resto de nuestra vida. Y lo hacemos porque aquello que omitimos no tiene deberes ni normas y eso nos confunde, nos asusta el salvaje y furiosamente humano que está esclavizado por la piel que lo envuelve y las ropas que lo visten, mas es penoso y miserable el que nos olvidemos desde el primer día que entramos en contacto con la sociedad de nuestra substancia inmanente.
La vida, poco a poco, se convierte en la constante enajenación de nosotros mismos, olvidando así el significado de existir. ¿Qué se puede hacer?, no lo sé, por eso la creación de este blog, tal vez escribiendo haga puente a la omisión de mi otro yo, tal vez logre sublimar mi alma.
A mis 19 años veo a cada uno con su cada uno, a cada uno en un gesto mudo, a cada uno en un mundo crudo. Cada rostro es historia y entre cada ojo hay lágrimas, cada boca sonríe fonemas perdidos, cada labio es un beso que muerde otros labios. Simplemente somos pasajeros de un destino cojo, olvidamos la belleza de recordar y recordamos el dolor que es el olvido, somos seres únicos perdidos en el todo y víctimas de un todo que se olvida de algunos. Este es mi boceto de la realidad; una inyección contra la rutina.

Eres la visita numero: